A mis primas Delfa, Carmen y Candita, con cariño
La noticia corrió valles y montañas, ríos y mares. De Sierra de Agua hasta la isla Saint Thomas, donde Papá Viejo también tuvo unos amoríos y dejó retoños, en los tiempos aquellos de sus aventuras marinas.
Entonces comenzó a llegar gente de los cuatro vientos, pero algunos llegaron después del funeral. A Papá Viejo le pusieron un traje militar que Mamá Vieja guardaba celosamente en un viejo baúl.
Se dice que ese atuendo perteneció al general Ulises Heureaux y que se lo regaló el general Perico Pekín luego de que el Presidente fuera asesinado en un viejo pueblo del Norte de la isla.
El cadáver fue colocado en el centro de la sala, en un ataúd de caoba que lo enviaron misteriosamente en el tren de línea en los mismos días en que Papá Viejo, con su asunto de jicotea tragado en el estómago, luchaba por no irse de este mundo.
Muchos años después, alguien comentó que ese ataúd lo había enviado un hijo rebelde a quien Papá Viejo nunca quiso darle su apellido.
-¿Verdad que está lindo ese ataúd, Benita? ¿Verdad que está lindo?
-Pa'su dueño, carajo, te he dicho, Melenciano. No digas esa vaina no vaya a ser que el difunto piense que tú lo envidia.
Y Papá Viejo se veía regio, con su porte militar, con una medalla en el pecho que le otorgó el general Horacio en los días de las montoneras.
Horacio le dijo, cuando fue a visitar a su amigo en Los Llanos: "General Matías, los Vásquez prietos y los Vásquez blancos somos la misma vaina, hombres guapos, destinados a gobernar en esta República".
Al lado del cadáver fue colocado el rifle alemán que Papá Viejo usaba para cazar las aves que servían de alimento a sus perros fieles.
En el otro extremo fue colocado el viejo sable con su estuche de cobre, que alguien robó luego que cargaron con el féretro rumbo al cementerio.
La casa era de madera, de estilo inglés, con doce habitaciones, una galería que comenzaba en la puerta delantera y le daba la vuelta a toda la casa. Estaba montada en pilotillos y el piso era de madera, cosa que cuando Papá Viejo llegaba sus botas se oían en toda la casa y entonces todo el mundo salía a hacerle la reverencia.
En toda la galería había gente, la sala estaba llena de dolientes y el jardín se colmó de infantes que destruyeron plantas legendarias en lo que canta un gallo. Se dice que llegaron ochenta y dos hijos, 160 nietos, 100 biznietos, noventa tataranietos y hasta dos chornos.
Mamá Vieja estaba sentada en el sillón de cuero que soportó el cansancio de Papá Viejo por más de media centuria. Allí recibía las condolencias de extrañas gentes que ella jamás había visto en su vida.
Unos decían que eran íntimos del general, otro que habían combatido con él en la guerra del 12, otros que lo habían tratado en Saint Thomas. Hasta llegaron algunos con certificados de bautismo para ponerse presentes a la hora de repartir la herencia.
Alrededor del ataúd estaban esos perros, con rostros de una pena casi humana. No habían comido desde aquella fatídica tarde en que comenzaron las lauras a cruzar los cielos de la sierra.
En la noche del velorio nadie pudo dormir, ni en Sierra de Agua, ni en Pulgarín, ni en Rincón Dorado, ni en Realidad, ni en Antón Sánchez, ni en El Puerto, ni en San José de los Llanos y tampoco en Baguaya.
Los perros de Papá Viejo lanzaban un aullido infernal que espantaba hasta a las endemoniadas lechuzas de la vieja Cabita.
Todavía al amanecer, los perros seguían aullando alrededor del ataúd y extrañamente, nietos, biznietos, tataranietos y chornos, jugaban en el jardín, sin percibir que ya había terminado la noche y sin sentir el menor asomo de sueño.
Cuando se hizo silencio, yo vi al tio Fausto de Papua, con su traje italiano, y sus espejuelos de caucho, enganchados en su nariz puntiaguada. Su rostro se veía triste, detrás de un girasol que comenzaba a brillar con la luz del alba.
"Son aullidos, mi Dios, no son aullidos humanos, Mío Deus, son los aullidos de la lealtad". Nadie sabía lo que le pasaba al tío Fausto de Papua, pero yo vi cuando las lágrimas caían en los girasoles.