A Don Álvaro Arvelo hijo, gran hombre de letras…
Entonces la comunidad era tan pequeña que se podía distinguir el andar de cualquier parroquiano a un kilómetro de distancia.
Los únicos forasteros venían los domingo de misa con el Padre Clemente. Eran los monaguillos y las hermanas de la Caridad. Luego, sólo venían extraños en tiempo de misa, cuando llegaba el superintendente y los inspectores del central en un carro sobre rieles que nosotros llamábamos motor porque era diferente a la máquina que llevaba los vagones al ingenio.
Uno veía pocos autos, pues sólo por la vieja carretera corría el Chevrolet de Saturnino, el jeep del Padre Clemente y el Land Rovert del Superintendente, cuando no venía en el motor de línea.
Por los cielos del pueblo pasaban, a una altura casi inalcanzable a la vista, unos aviones veloces que se confundían con el vuelo de las garzas.
Un día los muchachos del batey vimos ese avión que pasó rozando los cocos de Moreno y luego fue bajando en loca carrera por el campo 99. Cuando el pueblo corrió había dos norteamericanos heridos, y uno de ellos preguntó al alcalde J. T.: "Do you sepak english". Y entonces J. T. se ofendió.
Alegó que él era la autoridad y que aquel americano le había faltado el respeto al amenazarlo con cortarle la "ingle".
Bueno, y esa tarde transcurría sin novedad, como los otros días monótonos de ese añejo pueblo, cuando pasó Chino Manzueta, con su sombrero negro, su traje de casimir inglés, sus polainas, su revólver al cinto, con una cacha blanca y botones dorados, una escopeta terciá en el lomo del caballo y un machete que colgaba de la silla de cuero. La gente después dijo que era el hombre mejor armado del mundo.
Iba cantando, cantaba y cantaba. Todavía lo recuerdo como si fuese ayer. Yo volaba una chichigua en el frente de la casa verde de mi pasado y él interrumpió su canto:
"Dígale a Don Vásquez que por aquí pasó Chino Manzueta". Fue en cumplimiento, porque él pasaba todos los días por ese trillo polvoriento cuando venía de Sierra Prieta. Y siguió cantando:
"Dejaré mis tierras por ti, dejaré mis campos y me iré lejos de aquí/ cruzaré llorando el jardín y con mis recuerdos partiré lejos de aquí" "El día viviré pensando en tu sonrisa/ De noche las estrellas me acompañarán/ será como una luz que alumbre mi camino/ me voy pero te juro que mañana volveré/ al partir: un beso y una flor/ un te quiero/ una caricia y un adiós..."
Era otoño y la carolina lanzaba sus hojas al vuelo. A lo lejos, por la montaña de los Beltranes, un bandado de lauras surcaba los cielos tristes.
Serían las seis de la tarde. El Astro Rey mostraba ya sus rayos dorados que anuncian el crepúsculo. Chino se perdió en el camino real, por la ruta de San Francisco y el eco de su canto se quedó en mi memoria infantil.
Unos minutos después, sonó un disparo en los confines de Caña-La-Seca. Ya mi padre había llegado de la finca y Guayubín relinchaba en la caballeriza cuando la brisa de la tarde trajo el sonido de la desgracia envuelto en el eco de los árboles.
Después llegó Mister William con la noticia y mi padre salió de prisa, con la escopeta en la mano izquierda y el sombrero en la mano derecha. El primero en ver el cadáver fue Viejo Verde, que venía de Cojobal.
En la noche llegaron los investigadores, en medio de los murmullos del pueblo. Mi padre daba órdenes aquí y allá para mantener a los curiosos a raya.
Chino Manzueta era su amigo. Venía con frecuencia a casa, siempre elegantemente vestido. Era un hombre alto, de finos modales, de poco hablar, y con un porte de hacendado del tiempo viejo. En la inocencia de mi niñez siempre pensé que él no estaba muerto na'.
Fue el primer asesinato del cual tuve noticia en este mundo de infeliz impunidad. Mi padre contó que a Chino Manzueta lo mataron por unos líos de tierras.
Años después, no sé por que razón, fui al lugar donde cayó Manzueta. Observaba la cruz, clavada en el tronco de un árbol centenario, y entonces me pareció escuchar el último canto de Chino Manzueta.